Vivimos un momento histórico. Las epidemias parecieran poner un espejo frente a los humanos y mostrarnos, en esencia, quienes somos. Sacan a relucir nuestra relación con la mortalidad, la moralidad, y nuestra forma de convivir. Reflejan e invitan a reflexionar sobre nuestro vínculo con el entorno, el entorno construido que hemos creado y el entorno natural que responde. Nos muestran la relación que tenemos como individuos en sociedad y evidencian la fragilidad y fortaleza en nuestras maneras de organizarnos.


Desde un tercer piso en la ciudad de Barcelona, a casi un mes de confinamiento riguroso alrededor de ciudades y pueblos españoles, las banquetas vacías, las calles sin automóviles y las mascarillas se han vuelto un paisaje que por cotidiano, ya comienza a parecer normal.


Salir al supermercado con tapabocas y guantes de látex como única incursión al exterior, y el diario conteo de fallecidos a causa del Covid19 en periódicos y noticieros resulta sin duda angustioso, aunque existe por lo menos la sensación de que, colectivamente, el barrio, la ciudad y el país entero está encarando la situación y afrontándola con todas las herramientas posibles, gobierno y sociedad en un entendido común de estar viviendo una situación de gravedad extraordinaria.


Como expatriado mexicano en España, me preocupa estar en lo que hubiera parecido ser el epicentro de la pandemia, aunque confieso que me preocupa más escuchar las noticias que me llegan de mi patria, México. Como el clásico “Acá les vale madres” pareciendo ser el mensaje predominante que se recibe de familiares y amigos cuando se pregunta por la forma de encarar el reto por parte de los gobernantes. Las noticias en los periódicos europeos lo confirman. Hasta recientemente, México, junto a países como Turkmenistán, tenía la dudosa distinción de ser nombrado por los medios internacionales como uno de pocos gobiernos que encaraban la crisis de una pandemia mundial con el curioso y poco efectivo recurso de la negación absoluta.


Ahora el tono ha cambiado hacía la preocupación por una respuesta demasiado tímida, y esperemos, no demasiado tardía. La comunidad mexicana, libre de preocupaciones de óptica política ha optado por organizarse por si misma. Se comparten audios de WhatsApp exhortando a la gente a permanecer en casa y los vecinos se organizan para cuidar de los más vulnerables. Mientras tanto no cesan los recurrentes encabezados de falta de material médico y de protecciones para aquellos que se encuentran en la primera linea de la batalla, el personal sanitario. Respiradores que llegarán a mediados de septiembre y mascarillas que brillan por su ausencia no auguran que esté mejorando la capacidad de reacción.


El Coronavirus ha llegado para desestabilizar la normalidad a través del mundo entero, y sus repercusiones en nuestra manera de vivir aun no se pueden vislumbrar en su totalidad. Lo que puede afirmarse es que si las epidemias obligan a mirarnos al espejo, esas miradas conllevan cambios duraderos. Durante la peste negra, en el siglo XIV, la sociedad europea comenzó a cuestionar su relación con Dios. Quizá en esta ocasión nuestras sociedades se cuestionen las cualidades que se valoran en los gobernantes.


POR YAHAN BERMUDEZ A

Sibarita y Bont Vivant